Sevilla, 16 de noviembre. Doce del mediodía. Suave viento de levante. 14 grados. Despejado. Puerta sur de El Corte Inglés de Nervión. Dos policías nacionales permanecen apostados ante la entrada de los grandes almacenes mientras un tercero observa desde la esquina las bocacalles cercanas. Todo tranquilo. En menos de media hora se espera la llegada del expresidente José María Aznar a los grandes almacenes para firmar libros de su segunda entrega de memorias. Memorias II. El compromiso del poder. Planeta. 22,50 €. 9,49 € en formato electrónico. Gratis para la gente que domina las técnicas para apropiarse del trabajo ajeno en internet.
Hacia mediados de diciembre de 2012 el expresidente presentó en El Corte Inglés de Málaga Memorias I y hubo de soportar los abucheos de medio centenar de personas, neutralizadas a su vez por un puñado similar de simpatizantes que apagaron aquellos gritos e insultos con cerrados aplausos. Un año después el dispositivo policial sobra. Los enemigos del expresidente le han dado la espalda, que es lo peor que se le puede dar a un político. O Aznar ya no es Aznar o sus enemigos ya no son sus enemigos. Lo más probable es lo segundo porque es difícil imaginar que Aznar pueda dejar de ser Aznar. Ni se le ocurra intentarlo: tendría que vérselas con el mismísimo Aznar. Un tipo duro.
Solo ha pasado un año y el expresidente no solo parece haber dejado de tener enemigos. También parece haber dejado de tener amigos. Al menos, amigos del partido. En aquel diciembre de 2012 lo acompañó a firmar libros el presidente del PP y de la Diputación de Málaga, Elías Bendodo, y anduvieron por allí algunos dirigentes provinciales del partido. En este noviembre de 2013 la única cara conocida del PP que se ha visto en la planta baja de El Corte Inglés ha sido la del diputado andaluz Juan Manuel Albendea, bien conocido entre las élites ilustradas nacionales, aunque quizá no tanto por presidir la Comisión de Cultura del Congreso como por haber defendido con temple y gallardía en el ruedo de la cámara baja una Iniciativa Legislativa Popular para blindar la fiesta de los toros incluyéndola en el catálogo nacional de Bienes de Interés Cultural.
EL MEJOR PRESIDENTE CON DIFERENCIA
Pese a su relevancia en la cultura española, Albendea hace cola como los demás lectores para que Aznar le firme su libro. El expresidente trata al diputado como a un lector más. Tal vez con un punto de displicencia, pero sin rastro alguno de asombro por el hecho bastante excepcional de ver a alguien del partido por allí, ni siquiera por el hecho, no necesariamente excepcional, de que un diputado conservador aficionado a los toros lea libros y además los compre. Viéndolos a ambos intercambiando unas rápidas palabras y unas sonrisas forzadas se habría dicho que Aznar no tenía ni idea de quién diablos era el obsequioso compañero de partido que intentaba sin mucho éxito mostrarle una complicidad evidentemente no compartida por “el mejor presidente que ha tenido España con diferencia de todos los demás”.
Tan elevada opinión no es de ningún lector del presidente, sino solo de uno de sus admiradores. El hombre está en el acto, pero no en la cola de quienes han comprado su libro. Veintidós con cincuenta no dejan de ser veintidós con cincuenta. Bien vestido, pero sin ostentación. Setenta años largos. Algo chaparro: uno sesenta. Ojos pequeños pero vivaces. Gran conversador, como empieza a saber otro hombre también entrado en años que ha cometido el error de preguntarle al primero algo sobre Aznar. El chiquitillo le da la brasa al incauto durante no menos de quince minutos, con sus pinceladas de historia contemporánea aquí y allá. “Aquel sí que salvó a España, digan lo que digan, pero al final no tuvo suerte, yo tengo en mi casa la revista con su foto en la cama, lleno de tubos, el pobre, no tuvo suerte pero menudo fue salvando a España, en particular con los López…”. Su interlocutor pone cara de no entender y pregunta a quiénes se refiere. Es su segundo error de la mañana. El pequeño se viene arriba con la pregunta y ya no hay manera de hacerlo callar: “Sí, hombre, fueron unos ministros que se llamaban López Bravo, López Rodó, López de Letona, que eran del Opus Dei y miraban mucho por España, todo lo hacían por España…”.
El hombre no suelta la hebra. El otro pasea la mirada por la planta baja de El Corte Inglés buscando amparo, algún amigo, algún conocido. Nadie. Solo un descuido del anciano le permitirá escapar de sus garras, pero está ante un profesional y los profesionales no dejan escapar fácilmente a su presa. Sigue explayándose sobre Aznar, sobre Rajoy –“es más intelectual que Aznar pero como político no tiene ni comparación”-, sobre los catalanes, sobre Zapatero, para regresar de nuevo a Aznar: “Lo único malo es que fue blando con Pujol, no tenía más remedio, la cosa estaba como estaba, pero fue blando, y Pujol es un ladrón, menudo ladrón, lo mismo que sus hijos…”. A esas alturas del monólogo la víctima permanece silenciosa. No repetirá el error de formular una nueva pregunta. Hábilmente deja que la conversación decaiga y en uno de los involuntarios silencios del veterano analista su interlocutor logra escurrirse despidiéndose a toda prisa y desaparece entre el público, en esos momentos bastante numeroso ya.
PERO TODO ESTO, ¿QUIÉN LO PAGA?
El expresidente se muestra paciente y muy cortés con sus lectores. Sus dedicatorias son más largas que cortas. Varias líneas. El centenar largo de fieles votantes y ocasionales lectores lo agradece. Les interesa más Aznar que su prosa. No en vano, casi todos se fotografían con el autor. La logística del acto es más compleja de lo que parece. Y el despliegue, más que notable: los policías nacionales de la puerta, cuatro o cinco vigilantes ordenando la cola y haciendo fluir el tráfico de curiosos, media docena de señores enchaquetados con pinta de jefes de planta de El Corte Inglés, algún policía de paisano de la escolta del expresidente… El proceso hasta la firma y la foto es meticuloso: el primero de la fila llega hasta la cinta tras la cual está sentado Aznar tras una mesa, un señor encorbatado le coge el libro al admirador, le pregunta al oído su nombre, el lector se lo dice, el señor encorbatado abre el ejemplar por la primera página, se lo pasa y le susurra el nombre a un segundo señor encorbatado, este a su vez se lo transmite al autor y cuando el lector se adelanta y se sienta ante Aznar este ya tiene medio escrita la dedicatoria. Un trabajo profesional, no como ciertas guerras. Ante tanto despliegue para vender unas pocas decenas de libros, alguno se pregunta lo que se preguntaba Josep Pla al ver tantas luces encendidas en Nueva York: Pero todo esto, ¿quién lo paga? Para que luego digan que en España no se lee.
El acto de la firma acaba pasada la una y media de la tarde. A uno de los policías de la puerta se le escapa un bostezo. Otro mastica chicle. El de la esquina habla por el móvil y no precisamente con su jefe. Ha sido un trabajo fácil. Sin bullas ni gente enemiga. Al acto solo ha acudido gente de orden. El aspecto y la vestimenta de los lectores no engaña. Buenas ropas. Buen calzado. Buena piel. Buenas cremas. Apenas hay gente de las barriadas en la cola. El cien por cien son votantes del PP y al menos el noventa por cien tienen aspecto de ser votantes del PP. O para ser más precisos: aspecto de votantes del PP de Aznar, que es parecido al PP de Rajoy pero no es exactamente el mismo. Al contrario que el franquista hablador, los lectores de la cola son en su mayoría gente joven, muchos por debajo de los cuarenta, pocos por encima de los cincuenta. Lo más probable es que pocos de ellos sean franquistas, aunque es completamente seguro que ninguno es antifranquista.
Todos los que se acercan al cuadrilátero donde está el expresidente parecen de los suyos. ¿Todos? No todos. Una señora madura, recién salida de alguna peluquería de Nervión, que luce una rebeca cara de color rosa pálido que combina perfecta con el buen color de su piel se aproxima a la cinta, se alza de puntillas, echa un vistazo y se da la vuelta, con un gesto de indignación que, por su aspecto, nadie habría augurado en ella: “¡Ya le he visto los hocicos y me voy!”. No lo dice en voz alta, pero tampoco baja. Sin embargo, el presidente no ha podido oírla. Tal vez le hubiera gustado. A los tipos duros no les gusta quedarse sin enemigos.
Lo único malo es que fue blando con Pujol
Hacia mediados de diciembre de 2012 el expresidente presentó en El Corte Inglés de Málaga Memorias I y hubo de soportar los abucheos de medio centenar de personas, neutralizadas a su vez por un puñado similar de simpatizantes que apagaron aquellos gritos e insultos con cerrados aplausos. Un año después el dispositivo policial sobra. Los enemigos del expresidente le han dado la espalda, que es lo peor que se le puede dar a un político. O Aznar ya no es Aznar o sus enemigos ya no son sus enemigos. Lo más probable es lo segundo porque es difícil imaginar que Aznar pueda dejar de ser Aznar. Ni se le ocurra intentarlo: tendría que vérselas con el mismísimo Aznar. Un tipo duro.
Solo ha pasado un año y el expresidente no solo parece haber dejado de tener enemigos. También parece haber dejado de tener amigos. Al menos, amigos del partido. En aquel diciembre de 2012 lo acompañó a firmar libros el presidente del PP y de la Diputación de Málaga, Elías Bendodo, y anduvieron por allí algunos dirigentes provinciales del partido. En este noviembre de 2013 la única cara conocida del PP que se ha visto en la planta baja de El Corte Inglés ha sido la del diputado andaluz Juan Manuel Albendea, bien conocido entre las élites ilustradas nacionales, aunque quizá no tanto por presidir la Comisión de Cultura del Congreso como por haber defendido con temple y gallardía en el ruedo de la cámara baja una Iniciativa Legislativa Popular para blindar la fiesta de los toros incluyéndola en el catálogo nacional de Bienes de Interés Cultural.
EL MEJOR PRESIDENTE CON DIFERENCIA
Pese a su relevancia en la cultura española, Albendea hace cola como los demás lectores para que Aznar le firme su libro. El expresidente trata al diputado como a un lector más. Tal vez con un punto de displicencia, pero sin rastro alguno de asombro por el hecho bastante excepcional de ver a alguien del partido por allí, ni siquiera por el hecho, no necesariamente excepcional, de que un diputado conservador aficionado a los toros lea libros y además los compre. Viéndolos a ambos intercambiando unas rápidas palabras y unas sonrisas forzadas se habría dicho que Aznar no tenía ni idea de quién diablos era el obsequioso compañero de partido que intentaba sin mucho éxito mostrarle una complicidad evidentemente no compartida por “el mejor presidente que ha tenido España con diferencia de todos los demás”.
Tan elevada opinión no es de ningún lector del presidente, sino solo de uno de sus admiradores. El hombre está en el acto, pero no en la cola de quienes han comprado su libro. Veintidós con cincuenta no dejan de ser veintidós con cincuenta. Bien vestido, pero sin ostentación. Setenta años largos. Algo chaparro: uno sesenta. Ojos pequeños pero vivaces. Gran conversador, como empieza a saber otro hombre también entrado en años que ha cometido el error de preguntarle al primero algo sobre Aznar. El chiquitillo le da la brasa al incauto durante no menos de quince minutos, con sus pinceladas de historia contemporánea aquí y allá. “Aquel sí que salvó a España, digan lo que digan, pero al final no tuvo suerte, yo tengo en mi casa la revista con su foto en la cama, lleno de tubos, el pobre, no tuvo suerte pero menudo fue salvando a España, en particular con los López…”. Su interlocutor pone cara de no entender y pregunta a quiénes se refiere. Es su segundo error de la mañana. El pequeño se viene arriba con la pregunta y ya no hay manera de hacerlo callar: “Sí, hombre, fueron unos ministros que se llamaban López Bravo, López Rodó, López de Letona, que eran del Opus Dei y miraban mucho por España, todo lo hacían por España…”.
El hombre no suelta la hebra. El otro pasea la mirada por la planta baja de El Corte Inglés buscando amparo, algún amigo, algún conocido. Nadie. Solo un descuido del anciano le permitirá escapar de sus garras, pero está ante un profesional y los profesionales no dejan escapar fácilmente a su presa. Sigue explayándose sobre Aznar, sobre Rajoy –“es más intelectual que Aznar pero como político no tiene ni comparación”-, sobre los catalanes, sobre Zapatero, para regresar de nuevo a Aznar: “Lo único malo es que fue blando con Pujol, no tenía más remedio, la cosa estaba como estaba, pero fue blando, y Pujol es un ladrón, menudo ladrón, lo mismo que sus hijos…”. A esas alturas del monólogo la víctima permanece silenciosa. No repetirá el error de formular una nueva pregunta. Hábilmente deja que la conversación decaiga y en uno de los involuntarios silencios del veterano analista su interlocutor logra escurrirse despidiéndose a toda prisa y desaparece entre el público, en esos momentos bastante numeroso ya.
PERO TODO ESTO, ¿QUIÉN LO PAGA?
El expresidente se muestra paciente y muy cortés con sus lectores. Sus dedicatorias son más largas que cortas. Varias líneas. El centenar largo de fieles votantes y ocasionales lectores lo agradece. Les interesa más Aznar que su prosa. No en vano, casi todos se fotografían con el autor. La logística del acto es más compleja de lo que parece. Y el despliegue, más que notable: los policías nacionales de la puerta, cuatro o cinco vigilantes ordenando la cola y haciendo fluir el tráfico de curiosos, media docena de señores enchaquetados con pinta de jefes de planta de El Corte Inglés, algún policía de paisano de la escolta del expresidente… El proceso hasta la firma y la foto es meticuloso: el primero de la fila llega hasta la cinta tras la cual está sentado Aznar tras una mesa, un señor encorbatado le coge el libro al admirador, le pregunta al oído su nombre, el lector se lo dice, el señor encorbatado abre el ejemplar por la primera página, se lo pasa y le susurra el nombre a un segundo señor encorbatado, este a su vez se lo transmite al autor y cuando el lector se adelanta y se sienta ante Aznar este ya tiene medio escrita la dedicatoria. Un trabajo profesional, no como ciertas guerras. Ante tanto despliegue para vender unas pocas decenas de libros, alguno se pregunta lo que se preguntaba Josep Pla al ver tantas luces encendidas en Nueva York: Pero todo esto, ¿quién lo paga? Para que luego digan que en España no se lee.
El acto de la firma acaba pasada la una y media de la tarde. A uno de los policías de la puerta se le escapa un bostezo. Otro mastica chicle. El de la esquina habla por el móvil y no precisamente con su jefe. Ha sido un trabajo fácil. Sin bullas ni gente enemiga. Al acto solo ha acudido gente de orden. El aspecto y la vestimenta de los lectores no engaña. Buenas ropas. Buen calzado. Buena piel. Buenas cremas. Apenas hay gente de las barriadas en la cola. El cien por cien son votantes del PP y al menos el noventa por cien tienen aspecto de ser votantes del PP. O para ser más precisos: aspecto de votantes del PP de Aznar, que es parecido al PP de Rajoy pero no es exactamente el mismo. Al contrario que el franquista hablador, los lectores de la cola son en su mayoría gente joven, muchos por debajo de los cuarenta, pocos por encima de los cincuenta. Lo más probable es que pocos de ellos sean franquistas, aunque es completamente seguro que ninguno es antifranquista.
Todos los que se acercan al cuadrilátero donde está el expresidente parecen de los suyos. ¿Todos? No todos. Una señora madura, recién salida de alguna peluquería de Nervión, que luce una rebeca cara de color rosa pálido que combina perfecta con el buen color de su piel se aproxima a la cinta, se alza de puntillas, echa un vistazo y se da la vuelta, con un gesto de indignación que, por su aspecto, nadie habría augurado en ella: “¡Ya le he visto los hocicos y me voy!”. No lo dice en voz alta, pero tampoco baja. Sin embargo, el presidente no ha podido oírla. Tal vez le hubiera gustado. A los tipos duros no les gusta quedarse sin enemigos.
Lo único malo es que fue blando con Pujol